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Aram Cortés

Mayahuel: "Raíz líquida de la identidad jalisciense"

La presente obra pictórica reinterpreta a Mayahuel, como una entidad viva que trasciende el mito para encarnar el territorio, la cultura y la memoria colectiva de Jalisco. No se trata de una figura estática, sino de una presencia en constante transformación donde lo ancestral y lo contemporáneo coexisten en tensión.

El rostro femenino central, de ojos cerrados, simboliza un estado de interioridad y conexión espiritual. Aquí, la identidad no se proyecta hacia el exterior, sino que emerge desde la raíz. La fragmentación de su cabeza, convertida en un balón de fútbol erosionado, introduce una lectura crítica: lo moderno irrumpe en la tradición, pero no logra sustituirla. La grieta representa una apertura simbólica desde donde nace la conciencia.

Mayahuel se presenta como cuerpo-territorio. Su piel pétrea evoca la tierra jalisciense: árida y fértil a la vez, marcada por ciclos de sequía, cultivo y renacimiento. En este silencio visual se afirma que la identidad profunda no necesita ser enunciada, sino sentida.

El maguey, dispuesto como corona natural, representa el origen y la resistencia. Es matriz de vida y símbolo de transformación: de lo orgánico a lo ritual, del campo al tequila. Este último se manifiesta como un flujo dorado que emana como destilación espiritual. El tequila se convierte así en metáfora de identidad: un proceso que transita de la raíz a la experiencia colectiva, evocando memoria, emoción y catarsis.

La dimensión sonora aparece a través del mariachi, cuyos instrumentos flotan como extensiones del pensamiento. No necesitan ejecutarse: ya habitan en la memoria. Son la voz de Mayahuel, el lenguaje emocional que traduce lo que permanece en silencio. Por su parte, los elementos de la charrería orbitan la figura como símbolos de tradición viva, no como ornamento, sino como estructuras culturales que definen y rodean la identidad.

La gastronomía se insinúa de manera simbólica, entendida como acto de comunión con la tierra. El maguey, el tequila y el territorio mismo configuran una experiencia donde lo cotidiano se vuelve sagrado.

Esta obra plantea a Jalisco como un organismo simbólico donde la tierra se transforma en espíritu, el espíritu en sonido, el sonido en tradición y la tradición en experiencia compartida. Mayahuel no observa: sabe. Su silencio contiene la certeza de que la identidad no se construye, sino que se destila.

 

Aram Cortés

Mayahuel: "Raíz líquida de la identidad jalisciense"

La presente obra pictórica reinterpreta a Mayahuel, como una entidad viva que trasciende el mito para encarnar el territorio, la cultura y la memoria colectiva de Jalisco. No se trata de una figura estática, sino de una presencia en constante transformación donde lo ancestral y lo contemporáneo coexisten en tensión.

El rostro femenino central, de ojos cerrados, simboliza un estado de interioridad y conexión espiritual. Aquí, la identidad no se proyecta hacia el exterior, sino que emerge desde la raíz. La fragmentación de su cabeza, convertida en un balón de fútbol erosionado, introduce una lectura crítica: lo moderno irrumpe en la tradición, pero no logra sustituirla. La grieta representa una apertura simbólica desde donde nace la conciencia.

Mayahuel se presenta como cuerpo-territorio. Su piel pétrea evoca la tierra jalisciense: árida y fértil a la vez, marcada por ciclos de sequía, cultivo y renacimiento. En este silencio visual se afirma que la identidad profunda no necesita ser enunciada, sino sentida.

El maguey, dispuesto como corona natural, representa el origen y la resistencia. Es matriz de vida y símbolo de transformación: de lo orgánico a lo ritual, del campo al tequila. Este último se manifiesta como un flujo dorado que emana como destilación espiritual. El tequila se convierte así en metáfora de identidad: un proceso que transita de la raíz a la experiencia colectiva, evocando memoria, emoción y catarsis.

La dimensión sonora aparece a través del mariachi, cuyos instrumentos flotan como extensiones del pensamiento. No necesitan ejecutarse: ya habitan en la memoria. Son la voz de Mayahuel, el lenguaje emocional que traduce lo que permanece en silencio. Por su parte, los elementos de la charrería orbitan la figura como símbolos de tradición viva, no como ornamento, sino como estructuras culturales que definen y rodean la identidad.

La gastronomía se insinúa de manera simbólica, entendida como acto de comunión con la tierra. El maguey, el tequila y el territorio mismo configuran una experiencia donde lo cotidiano se vuelve sagrado.

Esta obra plantea a Jalisco como un organismo simbólico donde la tierra se transforma en espíritu, el espíritu en sonido, el sonido en tradición y la tradición en experiencia compartida. Mayahuel no observa: sabe. Su silencio contiene la certeza de que la identidad no se construye, sino que se destila.